El Diario de "M"

El regreso a Italia
y las cosas que estaban por venir

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Escrito por Karla Guajardo

Después de cinco semanas es normal que me haya acostumbrado a la vida en familia y que no pueda desentenderme de varias de las cosas que inicié por allá y que tengo que dar seguimiento por un tiempo, hasta que se vayan desvaneciendo con el tiempo.

Llegué, como esperaba, en lo peor del invierno. Lluvia y frío, pero aquí estaba al pie del cañón. Como faltaban pocos días para tomar otro medicamento de la terapia, fui a visitar a mi doctor de cabecera para pedirles las miles de recetas. Como siempre, él súper gentil y amable… Simplemente adoro a mi doctor. A los pocos días me tocaba ponerme una inyección. Para obtener el descuento del 97% que da el Estado italiano, tenía que presentar un papel que tuve que ir a recoger con uno de sus colegas en un hospital público.

Así que me di a la tarea. Llegué temprano al hospital y me costó entender donde podía encontrar al doctor, solo tenía el nombre. Encontré el departamento. Las enfermeras no fueron nada amables para presentármelo o darme alguna idea para verlo. Así que decidí esperar en el pasillo para que con cada doctor que pasara, yo le preguntaría si era él. Había mucha gente, tanta que no cabía en la sala de espera. De repente una paciente se sentó en el piso a esperar, cuando pasó un doctor y le pidió que se levantara, entonces tuve la oportunidad de leer su nombre en su uniforme y era justo a quien estaba yo buscando.

Me pidió esperar, y así lo hice, seguramente más de una hora. Después de un rato, decidí sentarme en la sala de espera. Cuando entré, la señora que estaba junto a mí, hablaba con voz baja a su marido sobre algo de la chica que había salido. Yo simplemente me senté y me puse a escribir mi diario.

Ahí estaba yo escribiendo continuamente, después llegaron las tres chicas que habían salido, que habían hecho amistad después de dos horas o más esperando. Empezaron a platicar entre ellas, de como se sentían, lo que habían hecho antes de presentarse ese día, hasta que una fue preguntándole a las otras de cuántas semanas estaban. Tardé un rato en entender que yo estaba en la sala de espera del reparto donde hacen abortos. En ese momento perdí la concentración de lo que estaba escribiendo y comencé a poner atención en lo que ahí pasaba.

Había seis chicas en la sala, me pareció que solo una iba sola, de origen africano. La que tenía el embarazo más avanzado creo tenía 14 semanas. De repente se abrieron y empezaron a contar cada una su historia, respetando el silencio de aquellas que no querían compartir demasiado, yo permanecí en silencio todo el tiempo.

La de origen africano, de unos 27 o 28 años, tenía 7 años de vivir en Italia, muy platicadora, alegre, con un buen dominio del italiano. Estaba casada con dos hijos y su marido trabajaba como chofer en su embajada, quizás era de Kenya. Dijo que había optado por el aborto porque económicamente no logran sostener una familia con tres hijos…

La que estaba a mi izquierda, dijo tener 41 años y que hacía varios años se había realizado una FIV con resultado positivo pero con feto enfermo, por lo que le dijeron que no hubiera vivido más de tres años. Según lo que escuchaba era que con el paso del tiempo, logró embarazarse de forma natural, pero ahora estaba buscando el segundo hijo, que después de intentarlo durante un rato y ver que no llegaba, según recuerdo, recurrió una vez más a la FIV. Quedó embarazada, pero después de algunas semanas le informaron que el feto estaba enfermo y una vez más no le diagnosticaban una larga vida, así que se vio obligada a optar por el aborto.

La señora que estaba a mi derecha de 34 años ya tenía un hijo y también estaba buscando el segundo. Lo logró, pero algo salió mal y estaba cargando un feto muerto. Ella, creo que era la más agobiada, que iba en compañía de sus padres. A pesar de que los doctores aconsejan esperar de 3 a 6 meses para volver a intentarlo, ella dijo que quería intentarlo enseguida. Las demás le aconsejaron dejar pasar por lo menos la primera regla para limpiar el útero.

Después estaba una chica que no quiso hablar mucho, pero tenía creo 10 semanas e iba acompañada de su novio o pareja.

Después otra chica muy joven, de unos 23 o 24 años, acompañada de su madre, muy platicadoras ambas y con muy buena actitud. Parecía que se había casado hace poco y era su primer embarazo. Por azares de la naturaleza también tenía el feto muerto. Su mamá también había pasado por un aborto del mismo tipo. Estaba tranquila y sonriente.

Y después estaba otra chica de unos 29 o 30 años, acompañada por su madre que iba en silla de ruedas, pero con posibilidad de caminar con muletas. Ella dijo que no tenía ningún problema con el feto, más bien el novio había desaparecido o simplemente no le interesaba que ella estuviera embarazada. Por un mes se convenció de que podría con el paquete, pero después cambió de idea. Se autodefinió como una persona fácil de convencer, incluso dijo que si ahí mismo le decían de tenerlo, capaz salía de la sala para regresar a casa. Era una chica muy guapa, a mi parecer, la más bonita de todas en la sala.

Me sentí muy rara…

La señora del feto enfermo aseguró que no estaba juzgando a nadie, que respetaba la decisión de cada una, pero cuestionaba cómo era la naturaleza que, al mismo tiempo que estaba buscando tener un hijo, debía renunciar a su bebé. Mi pensamiento se concentró en ellas dos.

Me identifiqué un poco por el tratamiento FIV, pues aunque el mío es diferente, es siempre un tratamiento artificial. Entonces comencé a sentir mucha envidia por la chica guapa que había podido embarazarse fácilmente. Pensé en lo mucho que quería en ese momento ser ella o al menos que me pudiera donar sus óvulos para poder concebir.

También pensé en cómo sería su novio y concluí que seguro también era una persona físicamente atractiva. Nunca olvidaré su cara y su historia. Después de un rato metida en ese ambiente, me sentía un poco impresionada.

Después de todos los relatos, no pasó más de media hora en que pasara el doctor para darme mi papel. Cuando fui a su consultorio, me preguntó si era yo o mi esposo el infértil. Le dije que estaba sola y que me seguían en España porque la ley en Italia no me permite tener un hijo sola. No hizo más preguntas. Al salir me deseó suerte con la panza.

Fui a buscar el medicamento que me faltaba y no imaginaba lo difícil que era conseguirlo, Por fortuna, cuando llegó la noche, ya me lo habían entregado, descubriendo que se trataba de otra inyección.

El pensamiento inmediato fue: “tengo que encontrar a alguien que me la ponga”. Pero al mismo tiempo me pregunté qué hubiera hecho si no hubiera encontrado a nadie. Mi respuesta fue, “me la hubiera puesto yo sola”. En el fondo pensé que ésta era otra situación que tenía que enfrentar en este camino de la búsqueda sin nadie a mi lado y que quizás sólo era una de muchas otras similares que podrían presentarse en el futuro.

Esto me convenció a autoinyectarme, así que fui a recoger el medicamento y al ver que era un polvo compuesto con un líquido para agregar, entré en pánico.

Fui al servicio de emergencias del hospital más cercano a mi casa, supuestamente con la certeza de que me ayudarían. En realidad no fue así. Regresé a casa con mucha adrenalina que sentía correr por mis venas. Ya había visto varios videos por la tarde y comencé a preparar todo en el baño. Estaba muy nerviosa. Mezclé los medicamentos y mientras leía las instrucciones, decía que en cuanto se introdujera la mezcla en la jeringa se hiciera de inmediato la inyección para que no se hicieran grumos. Cuando leí eso, me volteé y me inyecté sin pensarlo, despacio. No dolió, solo me puse nerviosa. Al retirar la aguja, salió un poquito de líquido y dos gotas de sangre. Una vez más estuve orgullosa de mi.

Acerca del autor

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Karla Guajardo

Karla Guajardo Ro es una fotógrafa mexicana que trabaja como free lance para México e Italia. Su interés por la fotografía, comenzó  en 2003 realizando un laboratorio en una comunidad indígena de México. Actualmente vive y trabaja en Italia. Es corresponsal de La Unión de Morelos y colabora con medios mexicanos. En sus proyectos personales se concentra en los problemas de los diferentes grupos de inmigrantes en Italia. 

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