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Los aniversarios: recuerdos y nostalgia, que a veces duelen

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Escrito por Mónica Díaz A.

Duelo perinatal… testimonio

Ya son siete años de aquel 2012 cuando en mi vientre anidaba a un bebé por más deseado y amado.

Cuando mi embarazo había llegado casi a los ocho meses aún no había definido qué nombre le iba a poner a mi hijo. Su papá y yo no habíamos logrado ponernos de acuerdo en este tema, así que aguardamos.

El 22 de noviembre de 2012 llegué del trabajo y me senté a comer como siempre, pero esta vez lo hice con la mente llena de dudas y miedos. Desde la mañana no había sentido esas pataditas y esas piruetas que percibía en mi enorme panza.

Entonces antes de sentarme a comer había acordado con el médico hacerme un ultrasonido para estar segura de que todo estaba bien.

Terminando me senté en el sillón, esperando que mi esposo sacara el carro para irnos. Una sensación extraña que nunca había sentido atravesó todo mi cuerpo… ahí supe que no estaban bien las cosas.

El consultorio estaba en penumbras, sólo los aparatos emitían luz. Recostada, el médico empezó a rastrear. Su cara lo decía todo, no encontraba signos… sus palabras aún retumban en mis oídos: “no hay nada qué hacer… no encuentro latido”. Ahí mi cerebro se desconectó.

Aún recuerdo el proceso hospitalario, el llegar a casa con una soledad por demás triste y abrumadora. Días interminables de insomnio, de querer tomar la iniciativa para no seguir viviendo, días de muchas lágrimas.

Poco a poco el corazón va sanando. Las lágrimas van escaseando. Años de adentrarme en el tema de la muerte y el duelo, de idas al grupo de apoyo, lecturas, conferencias, talleres, terapias.

Ahora sé que la vida puede darle un giro a tu historia. Que los planes pueden venirse abajo en tan solo un segundo.

Y sí, mi vida se reestructuró. Cada 22 de noviembre entra la nostalgia, el recordatorio de que un pedazo de mi ser falta. Un hueco que no se ha llenado.

Los aniversarios pesan. Llegan como flecha al corazón. Vienen ráfagas de historias que no pudieron ser. De imaginarse el desarrollo y crecimiento de ese hijo que no se quedó en este plano. ¿Cómo sería Betito? (finalmente así le nombré) ¿En qué año escolar iría ya? ¿qué personaje de aventuras le gustaría?

Sin embargo, ahora puedo sonreír y esperar cada 22 de noviembre para honrar a Betito sintiéndome más reconfortada. Ese día llega para recordarme su paso como una enseñanza de vida.

Después de la muerte de un hijo la visión de la vida cambia. Te sostienes del recuerdo y de darle un resignificado a su ausencia. Ya con el corazón sano, podemos enfrentar situaciones difíciles con más fuerza. Aprendemos a no dejarnos caer por cualquier cosa.

Ahora puedo abrazar a otras mujeres que, como yo, han pasado por la muerte de sus hijos, y eso da mucho sentido a mi existencia.

Betito vino a dejarme mucho amor, enseñanzas y sabiduría. Este 22 de noviembre de 2019 es más especial que otros años. Me toca exhumar su cuerpo, así que esta reconexión de amor se hará presente para acompañarme de otra forma.

Aunque no lo abrace físicamente, lo abrazo desde el amor. Es mi esencia, mi espíritu y motor, y estoy convencida de que nos reencontraremos en otro lugar.

Que los aniversarios sirvan para honrar la memoria de quienes partieron pronto con la reflexión de cuánto hemos caminado sin ellos y cuánto hemos avanzado hacia el punto de que ya no duela tanto como al principio.

Gracias Betito por tomar mi mano, tú, desde las estrellas. Yo desde mi lugar.

Acerca del autor

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Mónica Díaz A.

Acompañante y facilitadora en MISS-Eca Red de Apoyo ante la Muerte Gestacional y de la Niñez Temprana

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