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La noche del ‘asalto’ en Cuidados Intensivos

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Escrito por Cynthia Rodríguez

Un regaño y un plan de fuga del hospital

Los recuerdos de esos días son como borrosos. Tengo presente el recorrido que hice trasladada en la camilla y una enorme luz me avisó que estaba ya en el quirófano. No pude no emocionarme. El día que por fín vería a mis bebés había llegado tras un larguísimo periodo que no hice otra cosa que dedicarme en cuerpo y alma a cuidarme para que ésta vez todo saliera bien.

No eran sólo los meses de embarazo. La espera para mí, para nosotros, fue mucho más larga… Años en donde los ojos se me llenaron de niños y frustraciones y el mundo comenzó a girar en torno al deseo de, un día, poderme convertir en madre.

Por mucho tiempo ni siquiera me daba el permiso de hablar de mi embarazo por miedo a que se esfumara como había sucedido otras veces. Creo que pensaba que el silencio era otra forma de protección que me había autoimpuesto. Sin embargo, los continuos controles que me hacían por el hecho de esperar gemelos me tranquilizaban cada tres semanas y me confirmaban que sí, que seguía embarazada y que sí, eran dos.

Las largas semanas fueron pasando hasta que llegó el día programado. Sabíamos que, por ser gemelos y mi edad, , no era conveniente esperar hasta las 40 semanas, así que mis bebés nacieron a las 37 semanas y media.

La llegada al hospital con mi enormísima panza, el trabajo que me costó desvestirme para ponerme la bata, el momento en que me pincharon la vena para tenerla preparada “por lo que se pudiera ofrecer”, el camino al quirófano, el doloroso  piquete de la epidural, la voz de mi doctor narrándome todo lo que estaba haciendo, su expresión cuando vio a mis hijos y me los mostró por primera vez con sus enormes ojos y sus cuerpecitos cubiertos de algo blanco… Hasta ahí, todos los recuerdos los tengo claros, después todo comenzó a nublarse…

Me pasaron a un cuarto donde habia muchas camillas desordenadas. Entendí después que todas las que ahí estábamos, esperábamos que los cuartos del hospital se fueran desocupando.

Me quedé dormida… Desperté y supe que mis niños estaban ya en la incubadora, pero que todo estaba bien. Me volví a dormir y cuando volví a despertar yo ya estaba en el cuarto, pero ellos no. Mi esposo me tranquilizó diciéndome que seguían en la incubadora y comenzó a mostrarme algunas fotos que les había tomado.

Al día siguiente me despertó una enfermera que me obligó a pararme para ir al baño por más que le juré que no era necesario. Me dieron ganas de toser, pero tan solo comenzar a hacer el esfuerzo sentí que la herida de la cesárea se abría y mejor me aguanté. No tenía fuerzas y sólo deseaba tomarme un café con leche que nunca me dieron. Lo sentí como castigo por no haber parido naturalmente.

Un día después me llevaron a mis bebés y de inmediato la enfermera me los acercó para que comenzara a amamantarlos. Ahí supe que la lactancia no era ni tan natural ni tan automático como siempre había escuchado. A ellos les costaba trabajo y a mí más. Además de que no tenía aún leche, pero las enfermeras me aseguraron que “algo” tenía y que sí no, ya iba a tener, por eso la importancia de que comenzaran a succionar.

Al segundo día, cuando los exámenes seguían para ellos, los médicos decidieron que el más chiquito de los dos se quedara en cuidados intensivos. Lloré y lloré y aunque me explicaron que era para tenerlo bajo control, no podía entender los motivos. Ya ni me acuerdo que me imaginaba, pero el hecho de ya no verlos juntos, me tuvo en crisis continua, básicamente porque no podía correr a buscarlo.

Al principio, las enfermeras se apiadaron de mí, llevándome el tiraleche eléctrico a la habitación. Duró un día, después tenía que ir, como las demás mamás internadas en el hospital, a hacer cola y esperar que los tiraleches disponibles se desocuparan para llenar las mamilitas que nos repartían, etiquetarlas y meterlas en un refri para irlas usando conforme a los horarios que tenían los bebés para comer.

Me convertí en la anfitriona de esa habitación, pues pasaban los días y sólo veía cómo entraban y salían mujeres, quedándose no más de tres o cuatro días. Cada vez que llegaba una nueva, le explicaba lo básico: dónde estaba el nido, que los pañales eran gratis, que los médicos pasaban dos veces al día, los horarios de las comidas y las visitas, y que no había secadora de pelo (artefacto indispensable para los italianos).

Mi otro bebé se había convertido en el más grande del nido y me parecía que ya ninguna enfermera se ocupaba de él.

Después de una semana, mi esposo tuvo que regresar a trabajar, así que la tranquilidad de saber que mis niños siempre estaban acompañados por alguno de nosotros dos se acabó. A partir de ese momento, yo repartía mis días en sacarme leche para uno y otro, pero siempre con el pensamiento de que todo lo tenía que hacer de prisa para poder estar un rato con el que se había quedado en el nido que estaba en mi mismo piso, y después bajar apresurada para llegar a cuidados intensivos y quedarme el más tiempo posible con el otro queriendo estar presente en todas las pruebas que le hacían. Mi doctor nunca me encontraba, pues yo andaba siempre de arriba para abajo.

En esos días en que tenía las hormonas hasta las nubes, no entendía que ver a mi bebé conectado siempre a un monitor era por su bien. Las constantes pruebas de todo sólo me ocasionaban llanto. Al principio l@s enfermer@s me pedían alejarme si tenían que usar agujas, luego, como se acercaba la Navidad y el personal comenzó a faltar, me pedían ayuda. Perdí tantos miedos ahí adentro, pero en todo ese trajín había olvidado todo el asunto de amamantar…

Mis bebés tomaban mi leche pero del biberón. No había caído en la cuenta que en todo el tiempo desde que habían nacido, no habíamos tenido un rato de paz para que aprendiéramos juntos este paso. No sólo era alimentarlos, sino apapacharlos y trasmitirles mi amor con este gesto.

Cuando caí en la cuenta de ello fue una madrugada de tantas que no podía dormir. Estábamos por cumplir un mes en el hospital y cada día todo era más pesado. Odiaba ya estar ahí. Me paré de la cama y les pedí a las enfermeras del nido que se hicieran cargo de mi bebé mientras bajaba a ver al otro. Me hicieron caras pero no me importó.

Entré a Cuidados Intensivos y extrañamente no había adultos. Ni enfermer@s ni madres que normalmente pasaban la noche ahí. Estaba todo tan silencioso y solitario. Sólo se escuchaba el sonido de los monitores. Asi que desconecté a mi hijo y me lo llevé a una salita que había ahí para intentar amamantarlo sin el ruido de todos esos aparatos. No fue fácil, pero después de un rato lo logramos. Yo lloraba ahora por haber logrado la famosa conexión, cuando de repente entró la enfermera de guardia quien comenzó a regañarme. Entendí que estaba enojadísima porque había perdido de vista a uno de los pequeños pacientes del reparto.

Alcancé a decirle: “Tenía que amamantar a mi bebé”, antes de que me exigiera que lo tenía que regresar a su cuna para conectarlo.

Esa noche regresé a mi habitación menos estresada que de costumbre, pero con la idea fija que no aguantaría mucho tiempo más en ese hospital donde llegué a pensar que estaban experimentando con uno de mis hijos.

A partir de ese momento comencé a estudiar las salidas del hospital y armar mi plan de escape con dos bebés a cuestas. Me acordé de la escena de El Concierto donde para pasar una frontera, sacan a un bebé en un estuche de violonchelo. No fue necesario pensar más, dos días después del regaño en cuidados intensivos, nos dieron de alta y por primera vez la Navidad ya no fue entre dos, sino entre cuatro.

Acerca del autor

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Cynthia Rodríguez

Es periodista desde hace 25 años y desde hace 11 es corresponsal en Italia para diversos medios en México e Italia. En el 2009 escribió el libro “Contacto en Italia. El pacto entre los Zetas y la ‘Ndrangheta”, donde explica por primera vez los lazos entre uno de los grupos criminales más antiguos del mundo y uno de los cárteles emergentes más temidos de toda la historia en México. Es coautora de los libros “72 migrantes” y “Tú y yo coincidimos en la noche terrible”, sobre el asesinato de los periodistas en México. Durante varios años de su carrera ha sido también editora. Cuenta con una maestría en Migración por la Universidad de la Sapienza y otra sobre Combate a la criminalidad organizada y la Corrupción por la Universidad de Pisa. Es mamá por partida triple. En twitter: @cynthiaitalia

2 Comentarios

  • Querida Cynthia, que aventura la tuya. Te he leído, y me alegra que te hayas robado a tu hijo para hacer esa conexión.
    Que difícil para las mujeres dar a luz a un ser humano, en las condiciones de un sistema de salud inhóspito e insensible al amor.
    El fin de tu historia es reconfortante, me imaginé toda la escena, los cuarto celebrando la Navidad.
    ¡Gracias por compartir!
    ¡Abrazos!

    • Gracias a ti por leernos. Y sí, ya tener un hijo en cualquier circunstancia es una aventura, imagínate cuando son más de uno y cuando las cosas no van saliendo como uno se imaginaba que tenía que ser… ¡Abrazos de regreso!

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