Portafolio

Adiós, querido extraño…

“Adiós, querido extraño” más que una serie formal es la historia de una lucha por sanar a mi padre de su enfermedad y posteriormente a mí de todo lo que trajo consigo su partida.

Durante la enfermedad de mi padre, Enrique Escobar, empecé sin saberlo un relato que daba cuenta de la complejidad de nuestra relación y la dificultad de verlo partir una vez más.

Nuestro vínculo consistía de un sinfín de ires y venires, tras los cuales nos habíamos convertido en dos grandes amigos que habían aprendido a amarse tal cual eran.

En marzo de 2016, mi papá ingresó a urgencias por lo que los médicos calificarían como diverticulosis. Al ser desempleado, la única opción que tenía para tratarse era el Seguro Popular, razón por la cual tuvimos que recorrer varios lugares hasta dar con el Hospital General Tláhuac donde por fin lo recibieron.

Empezó ahí un mes de ver a mi padre debatirse entre la vida y la muerte. Noches interminables en que se me decía una y otra vez que mi papá no llegaría al día siguiente.

Para mí la cámara no fue entonces una herramienta para documentar intencionalmente, sino una forma de sobrevivir y poner algo entre mí y la dolorosa realidad que por momentos no sabía cómo enfrentar.

Esto se acentuó al percatarnos, más de medio año más tarde, de que los médicos jamás habían revisado los resultados de patología, pese a que los estuvimos pidiendo y siempre nos dijeron que todo estaba en orden.

Fue hasta que mi papá se sintió una bola en el área del estómago al bañarse que, en una oficina apartada del hospital, le dieron la noticia de que tenía cáncer en el intestino desde principios de año, pero que nadie se lo había informado ni tras su operación ni en ninguna de las citas subsecuentes.

Para ese momento, el cáncer ya se había extendido al hígado.

El proceso se hizo entonces aún más frustrante. Ya no era sólo enfrentar el proceso de enfermedad de mi papá, sino la injusticia de una negligencia que le había hecho perder más de medio año de posibilidades de curarse.

Pese a que fue recibido en el Hospital General de México, para cuando los médicos lo atendieron nos explicaron que no había más que hacer que algunas quimioterapias paliativas y que no sabían si su cuerpo resistiría. Así fue…

México, 2017

Julio, 2013. En una cama improvisada, mi papá me cuidó por primera vez en muchos años.

Septiembre, 2013. Paternidad es un concepto muy complejo que sólo puede ser tejido entre quienes lo viven y construyen como algo único, a veces tierno, a veces doloroso.

Noviembre, 2013. Había recuerdos de los que yo no sabría de no ser por las fotografías; sin embargo, mi padre y yo estábamos redescubriendo todo aquello que nos unía.

Marzo, 2016. Los días y noches se confundieron en una constante espiral de sueño y resistencia.

Marzo, 2016. Reflejo de mi padre en una ventana del Hospital General Tláhuac. Jamás me atreví a fotografiarlo entubado… no quería nada que me recordara esas imágenes.

Abril, 2016. Tampico, Tamaulipas

Mayo, 2016. Mi madre.

Mayo, 2016. Habíamos preguntado en varias ocasiones por los resultados de patología. Los doctores del Hospital General Tláhuac siempre respondían que todo estaba bien, por lo que todos pensábamos que mi padre estaba recuperándose.

Mayo, 2016. Al salir de su consulta, mi padre me pidió que le tomara una foto frente al Hospital. Ninguno de nosotros sabía en ese momento que había un resultado patológico al que ningún doctor había prestado atención, adentro, en ese mismo edificio, que indicaba que mi papá tenía cáncer, y que de haber sido leído a tiempo le hubiera dado más de medio año de posibilidades de luchar por su vida.

Diciembre, 2016. Un instante de calma.

Diciembre, 2016. Escenas en la sala de espera de la Terminal de Autobuses del Norte, donde familiares llegarían – sin saberlo – a despedirse de mi padre.

Diciembre, 2016. Una mujer espera mientras su hijo realiza un pago en el Hospital.

Diciembre, 2016. Herramientas de supervivencia.

Diciembre, 2016. Sala de espera del Hospital General de México.

Diciembre, 2016. La vida había arrasado con nosotros, como una ola que te revuelca interminablemente, sin dejarte salir a respirar a la superficie.

Enero, 2017. Un día después de su muerte, tomamos la carretera a Tampico, Tamaulipas, para dejar los restos de mi padre.

Enero, 2017. Me sorprendió encontrarlo con esa eterna pose de sus manos.

Enero, 2017. Pacientes y familiares esperan a la salida del Hospital General de México.

Enero, 2017. Los rostros y expresiones que encontraba a mi paso parecían representar lo que sentía al saber que él ya no estaba.

Enero, 2017. Mi padre esperando a que le apliquen su primera y única quimioterapia. El cáncer había avanzado tanto, que su cuerpo no logró resistirla.

Enero 2017. Levantaba la cámara por instinto, como si eso me separara de la realidad.

Enero, 2017. Una enfermera camina por los pasillos del Hospital General de México.

Enero, 2017. Retrato de mi padre en Tampico.

Enero, 2017. Acariciar lo desconocido, descubrir los espacios en que nunca antes se estuvo.

Enero, 2017. Despedida

Enero, 2017. Mi padre recibiendo quimioterapia.

Enero, 2017. Despedida.

Enero, 2017. El último día que vi a mi padre.

Febrero, 2017. Tuve un sueño en el que descubría que no había terminado de sacar todas sus cosas de su casa; me sentía agobiada por tener que pasar nuevamente por la sensación de enfrentarme a tantos objetos que quedarían sin explicación.

Febrero, 2017. El polvo de un año había cubierto todo, tal cual lo había dejado mi padre.

Febrero, 2017. Presencias.

Abril, 2017. Aferrarse al único instante de paz.

Acerca del autor

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Sara Escobar

Sara Escobar, fotógrafa documental nacida en México, en 1984. Mi trabajo fotográfico y de video se centra en temas de identidad, justicia social y derechos humanos en América Latina.

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