Cuando hablamos de poner límites, no deberíamos referirnos solamente al comportamiento de las personas en sociedad, sino que también debemos tener muy en cuenta los propios como especie: los límites que tiene el planeta y los ecosistemas para permitir el sostenimiento a largo plazo, tanto de nuestra forma de vida como de la de las demás especies con las que compartimos el mundo.
El funcionamiento de la naturaleza es esencial para el bienestar humano, dependemos de ella y somos parte de ella.”
— Julia Carabias Lillo.
Apenas hace un par de días, el 21 de septiembre, se publicó la revisión anual de la salud del planeta, el Planetary Health Check 2026, que realiza el Potsdam Institute for Climate Impact Research, de Potsdam, Alemania. El reporte es especialmente revelador y, a la vez, preocupante.
Hace apenas algunos años, en 2009, un grupo de 28 científicos, liderados por Johan Rockström, definieron que la Tierra, nuestra única casa en todo el universo, tenía límites. Sí, por extraño que entonces pareciera y todavía pueda parecer, la realidad es que el mundo y los ecosistemas tienen límites que estamos transgrediendo, algunos de manera muy alarmante.
Sí, a pesar de que al pararnos en la playa para contemplar el mar percibamos que el océano es un sitio infinito de vastos recursos, inacabable fuente de alimentos y de una belleza prístina imposible de quebrantar, sucede todo lo contrario.
Sí, a pesar de que acudimos a las montañas a contemplar los paisajes y pensamos que los bosques son refugios de infinita biodiversidad, la fragmentada realidad es otra completamente distinta.
En aquel 2009, el grupo liderado por Rockström identificó nueve límites planetarios en torno a los cuales la sociedad debería realizar sus actividades sin romper el delicado equilibrio del sistema Tierra. Estos límites -es importante conocerlos- son: cambio climático, integridad de la biosfera, cambio del sistema terrestre, agua dulce, flujos biogeoquímicos, entidades novedosas, acidificación de los océanos, ozono estratosférico y carga de aerosoles atmosféricos.
Vaya, en ese orden, los límites transgredidos son los primeros siete.
El cambio climático es innegable y se deriva del aumento de la temperatura promedio del planeta por encima de los niveles preindustriales, y tiene que ver con la brutal carga de gases de efecto invernadero (GEI), como el dióxido de carbono, el metano y el óxido nitroso, entre otros, que han alcanzado concentraciones que no se habían observado en millones de años.
El segundo es la integridad de la biosfera. No significa la extinción masiva e inminente, pero sí el deterioro de los ecosistemas y la pérdida de especies clave para su funcionamiento. Los casos más emblemáticos son la pérdida de los polinizadores y el blanqueamiento de los corales. Ambos son esenciales para la vida de otras especies y, en el caso de los polinizadores, para la producción de alimentos.
El cambio de los ecosistemas terrestres. Aquí debemos detenernos un poco para comprender que nuestros patrones de consumo tienen un impacto directo e inmediato. Este límite tiene que ver con el cambio de uso de suelo forestal por superficies destinadas a la agricultura y la ganadería extensivas. Así que pensemos en ese filete no solo como un aporte a nuestro ácido úrico, sino también en todo el deterioro de tierras silvestres que viene aparejado con la alimentación del ganado para consumo humano.
Agua dulce. Bueno, este quizás deberíamos comenzar a plantearlo como una pregunta: ¿Agua dulce? ¿Qué era eso? Hemos alterado los sistemas de agua superficial —ríos, lagos, lagunas, humedales—, que se encuentran no solo sobreexplotados, sino sumamente contaminados, alterando gravemente las funciones ecológicas que habían perdurado por millones de años.
Flujos biogeoquímicos. Aunque suene demasiado académico, se explica sencillamente: el uso excesivo de fertilizantes nitrogenados y fosforados que, una vez aplicados en la agricultura extensiva de la que hablamos líneas arriba, son arrastrados por el agua hacia los ríos y de ahí al mar, alterando los ciclos naturales de nutrientes y provocando fenómenos de eutrofización y proliferación de algas. El sargazo, nuevo visitante del Caribe mexicano, es uno de los fenómenos que nos recuerdan la dimensión de estas alteraciones.
La acidificación de los océanos es el límite que acabamos de transgredir. ¡Bravo! Como si no fuera poco el estrés que sufren los organismos marinos por la contaminación, se debe sumar el aumento de la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera, una parte importante del cual es absorbida por los océanos. Esto modifica la química del agua, disminuye su pH y complica que organismos como los moluscos formen conchas o esqueletos. ¿Se imagina una almeja incapaz de producir su concha? Bueno, esto tiene repercusiones en la cadena alimenticia de los ecosistemas marinos.
Ya casi acabamos con las malas noticias.
Entidades novedosas. Se refiere a la cantidad de plásticos, microplásticos y otras sustancias y materiales producidos por el ser humano que se han incorporado a los ecosistemas y, en consecuencia, a las cadenas alimenticias, gracias a nuestra terrible costumbre de usar y tirar. ¿Qué tan grave es? Distintos estudios han encontrado micro y nanoplásticos en numerosos organismos y tejidos humanos, incluso en sangre, pulmones, placenta y otros órganos. El problema radica en que provocan alteraciones celulares, inflamación, estrés oxidativo y posibles efectos endocrinos, aunque todavía existe incertidumbre científica sobre la magnitud de sus efectos a largo plazo en la salud humana y eso es lo que medimos, porqué si los humanos los presentamos, el resto de los animales también.
Ahora, las buenas noticias.
El ozono estratosférico se encuentra en recuperación, luego de que, por allá de 1974, Mario Molina —mexicano y Premio Nobel— advirtiera, junto con Sherwood Rowland, sobre la relación entre el uso de los clorofluorocarbonos y el deterioro de la capa de ozono. Después surgieron evidencias del debilitamiento de dicha capa, precisamente sobre la Antártida.
A partir de 1987, los países comenzaron a aplicar controles internacionales mediante el Protocolo de Montreal, que estableció medidas para eliminar progresivamente los CFC y otras sustancias que destruyen la capa de ozono. El tratado fue firmado inicialmente por 24 países y posteriormente recibió más adhesiones. Hoy cuenta con participación prácticamente universal.
Esto es muestra de que una acción coordinada puede revertir el daño realizado al planeta, porque a partir de entonces y mediante sucesivas mediciones se ha comprobado la recuperación de la capa de ozono. El agujero antártico persiste y presenta variaciones anuales, pero la tendencia general es de recuperación gracias a la reducción de las sustancias que lo destruyen.
Y en cuanto a los aerosoles atmosféricos, el último reporte indica que no: aún no se han transgredido los límites globales, aunque sí existen transgresiones locales o regionales. Hablamos de partículas suspendidas en la atmósfera que se generan, si bien de manera natural —polvo, cenizas volcánicas—, también por incendios forestales provocados por actividades humanas, la desertificación acelerada, el empobrecimiento de los suelos agrícolas y, por supuesto, el hollín de la industria y la quema de combustibles fósiles. La evaluación de 2026 mantiene a los aerosoles dentro del espacio seguro global.
Hay una analogía extraordinariamente buena: el planeta como paciente. Los científicos presentan el Planetary Health Check prácticamente como un chequeo médico de la Tierra.
Eso da una imagen muy potente:
No tenemos un planeta enfermo en un sentido metafórico; tenemos un sistema físico medible cuyos parámetros están alejándose de las condiciones que permitieron nuestra civilización.
Ojo, el informe habla de la estabilidad, resiliencia y funciones de soporte vital del sistema Tierra, y de los riesgos para las sociedades humanas; no de la imposibilidad de que la vida continúe. Aunque suene dramático, la vida en este planeta se ha abierto espacio incluso después del impacto del meteorito de Chicxulub, que provocó una enorme pérdida de biodiversidad.
Cruzar un límite no significa que mañana vaya a colapsar el planeta, no.
Significa que aumenta el riesgo de cambios importantes, pérdida de resiliencia y posibles transformaciones abruptas o irreversibles en determinados sistemas.
¿Se ponen en entredicho las condiciones ambientales bajo las cuales la humanidad ha podido desarrollarse con cierta seguridad? Sí. Esa es una de las preocupaciones centrales del trabajo de los científicos que estudian los límites planetarios.
Es importante comprender que las condiciones que dieron pie a los asentamientos agrícolas y, por consecuencia, a los primeros poblados, ciudades, culturas y a la civilización, se deben a una pequeña ventana, en términos geológicos, de aproximadamente 12,000 años: el Holoceno, que comenzó al final de la última glaciación. Este periodo se caracterizó por un clima relativamente estable y propicio para el desarrollo de la humanidad.
Ese equilibrio es el que estamos rompiendo, y no la continuidad del planeta.
La ventaja que sí tenemos radica en que precisamente ese avance civilizatorio ha dado pie al desarrollo de tecnología que nos permite tener satélites, computadoras capaces de desarrollar modelos climáticos, sensores oceánicos e incluso inteligencia artificial, herramientas que nos deberían permitir tomar mejores decisiones.
Quizá el gran desafío del siglo XXI no sea conquistar la naturaleza, sino aprender a conservar los delicados equilibrios que existen entre la naturaleza y una civilización que tiene la capacidad de alterar los sistemas que la sostienen.


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