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Mamás Opinión Metamorfosis

¿Cómo les explico a mis hijos que enamorarse 
puede ser la experiencia
más emocionante de la vida?

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Escrito por Cynthia Rodríguez

Metamorfosis

Apenas estaba en eso de lograr quitarle el pañal al más chiquito de mis hijos, cuando uno de mis niños grandes (dos años y medio de diferencia) me llegó con la noticia:

“Mamá, ¿sabes que Sofi se quiere casar conmigo cuando seamos grandes?”, me comenzó a platicar con todo y sus cinco años y medio, mientras su hermano gemelo seguía atento la conversación -apenas hace una semana, ambos protagonizaron su primer pleito en la escuela porque uno mencionó en público  el nombre de la niña que le gusta al otro-.

Sólo los miré y alcancé a pronunciar la frase que me pareció más equilibrada para la ocasión: “¿Ah sí?”, solté con la esperanza de que (otra vez) no me agarraran en curva, o sea, que me comenzaran a preguntar cosas de las que creo saber mucho pero cuando lo cuestionan ellos, descrubro que no es así.

Sé que así como los niños sueltan preguntas simples, esperan respuestas simples, pero no por ello deben ser banales, ni los adultos debemos menoscabarlas.

Esa fue la sorpresa del día, y digo del día, porque quien convive con niños sabe que su capacidad para sorprender es infinita. Sólo que desde mi punto de vista esto ya va demasiado rápido, tomando en cuenta que después de cinco años y medio no han dejado de despertarse por las noches para pasarse a nuestra cama, que podemos pasar horas en la mesa para que logren acabarse la comida, que nos despiertan a media noche para contarnos la pesadilla del momento, que los berrinches son todavía muy, pero muy seguidos; que no saben aún amarrarse las agujetas, que apenas nos ven hablar con alguien por teléfono es cuando se les ocurre organizar una fiesta o un drama entre hermanos.

O sea, que estamos en esa etapa donde demuestran ya mucha independencia para algunas cosas, pero mucha dependencia para otras. Por eso mi sorpresa al escucharlo hablar de la propuesta de su amiguita de la escuela y descubrir entonces, que una cosa no tiene que ver con la otra, y que el ‘amor’ no es exclusivo de grandes ni de seres ‘independientes’ que logran ponerse los zapatos por sí solos. Primer error y segundo descubrimiento.

Así que seguí con cuidado la plática y logré armar mi segunda pregunta del momento, tratando de no fallar: “¿Y eso?”.

“Es que está enamorada de mí”, me respondió sonriendo con esa frescura y espontaneidad únicas que tienen los niños.

“¿Y tú? ¿Tú estás enamorado de ella?”, alcancé a preguntar antes de atravesar la calle.

“¡No, qué asco enamorarse!”, dijo inmediatamente recalcando la nueva palabra de su vocabulario: “asco”, que escucho últimamente cuando en la televisión ven escenas de afecto, o cuando su papá y yo nos abrazamos e intentamos un beso ante su presencia antes de ser interrumpidos con gestos de desaprobación y esa nueva adquisición de su lenguaje no escrito: “asco”.

Seguíamos con la plática callejera, cuando mi mente se bloqueó por unos momentos y mientras lo escuchaba emocionado hablar de Sofía, no pude evitar el recuerdo de la respuesta que me dió una vez mi madre cuando se me ocurrió deslizar el tema de un niño que me gustaba de mi escuela.

Directa, divertida y descuidada como es, me la soltó sin más preámbulos: “Primero aprende a lavar tus calzones y luego piensas en novios”, fue la respuesta que puso fin a una posible confesión. Ahora trato de entender un poco el origen de esa frase, pero por años marcó el inicio de esa distancia que hubo entre mi madre y yo para hablar de estos temas. Si me gustaba alguien, por supuesto no se lo decía. Mucho menos cuando comencé con los noviecitos y otras relaciones más duraderas por el temor de ser juzgada, aunque ya había aprendido a lavar todo el armadio completo y me sentía con derecho de poder relacionarme con el sexo opuesto, total, que según yo llevaba a cabo al pie de la letra otra de sus lapidantes frases: “date a respetar” (aunque nunca me explicó exactamente qué significaba). Primer recordatorio: No juzgues ni a tus hijos, porque la confianza se puede perder hasta en la inconsciencia de las palabras y cuando apenas se está construyendo.

Dejé de lado mis recuerdos infantiles y comencé a pensar entonces cómo podía explicarles el amor a dos niños menores de seis años en caso de que insistieran con el tema como días después pasó.

Hago un paréntesis para hablar de un detalle que llamó mi atención en la plática donde involucraban a “Sofi”, pues mi niño aceptó que le gustaba aunque era un poco ‘gordita’. Mis antenas se encendieron e inmediatamente después le dije: “¿Y eso qué? Tú usas lentes y no por eso dejas de ser maravilloso. Mejor dime qué te gusta de ella…”.

“Que me hace reir”, contestó sin dudar y sé que se escuchará muy cursi pero no pude evitar que se me humedecieran los ojos. Entonces aproveché para recalcarle lo que considero fundamental en el amor: las risas y la diversión.

“¿Ves, eso es algo muy bonito que hay entre ustedes, que se ríen mucho juntos”.

Pero también había otra cosa en el discurso que no quería dejar pasar: el respeto que tiene que ver con el otro, además de seguir sus sentimientos más allá de las apariencias y de cómo nos vemos o nos ven los demás.

No sé si en ese momento me hizo mucho caso, pero me escuchó o hizo como que me escuchaba y eso con él, quien me heredó la distracción, ya lo considero importante.

Tal como lo temía, pasaron sólo dos días después de esa pequeña charla cuando de nuevo surgió la plática del ‘amor’. Acababa de recogerlos de la escuela cuando comenzaron a hablar de las parejitas que se habían formado en las diferentes clases, de las niñas que a ellos les gustan pero que ellas prefieren otros niños.

En fin, que ya no pude más y lo dije: “No se preocupen, verán que ustedes se enamorarán muchas veces en la vida, a veces irá bien y a veces irá mal, pero así nos pasa a todos. Lo importante es no tener miedo a enamorarse”.

“¿Y por qué?”, me respondieron intrigados los dos más grandes.

“Porque enamorarse es bellísimo. Es de las cosas más emocionantes de la vida, como tener una sorpresa todos los días, como comer chocolate todo el tiempo sin que te dé fastidio, como hacer un dibujo de tu personaje favorito, como jugar en las olas del mar”, fue lo que alcancé a decir y fui viendo como se encendían sus ojos.

No quise decir más y mejor cambié de tema aunque me quedé pensando en lo difícil que es querer enseñar algo que nosotros aprendimos mal (ya saben: cuentos de princesas, príncipes azules, felicidad continua y largos etcéteras); en la emoción que es descubrir los retos que nos ponen los hijos ante sus nuevas inquietudes; los retos que significa buscar los mensajes que creemos correctos para cada situación, y sobre todo, que quién sabe que estaría yo pensando exactamente cuando me propuse en ser madre.

Sólo espero, como espero siempre desde que me convertí en mamá tardía, que la vida me dé la oportunidad de ver a mis tres hijos enamorarse y compartir con ellos su emoción.

Acerca del autor

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Cynthia Rodríguez

Es periodista desde hace 25 años y desde hace 11 es corresponsal en Italia para diversos medios en México e Italia. En el 2009 escribió el libro “Contacto en Italia. El pacto entre los Zetas y la ‘Ndrangheta”, donde explica por primera vez los lazos entre uno de los grupos criminales más antiguos del mundo y uno de los cárteles emergentes más temidos de toda la historia en México. Es coautora de los libros “72 migrantes” y “Tú y yo coincidimos en la noche terrible”, sobre el asesinato de los periodistas en México. Durante varios años de su carrera ha sido también editora. Cuenta con una maestría en Migración por la Universidad de la Sapienza y otra sobre Combate a la criminalidad organizada y la Corrupción por la Universidad de Pisa. Es mamá por partida triple. En twitter: @cynthiaitalia

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