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‘¿Tú querías un bebé? Pues vas a tener un bebé por mucho tiempo’

‘Tú querías un bebé, pues vas a tener un bebé por mucho tiempo’
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Escrito por Cecilia Rodríguez

Cecilia con su hijo Aldo

La maternidad llegó a mi vida de forma inesperada. Tenía 24 años cuando después de dos semanas de retraso en mi ciclo y unas náuseas terribles lo confirmé: estaba embarazada.

La noticia me alegró con la sorpresa y temor lógicos de un embarazo no planeado, y con ella también vinieron otros pequeños ajustes como el casarme de repente, aunque no lo tenía pensado… Pero esa es otra historia.

Recuerdo que era la madrugada de un sábado de enero cuando me desperté, sentía mi vientre endurecido pero no le di importancia, pues en esos últimos días me sucedía con frecuencia.

Tenía 35 semanas de embarazo y recuerdo que, parada junto a la ventana, pensé que sería una linda noche para que mi bebé naciera, pero aún faltaban un par de semanas para que eso sucediera.

Me volví a dormir y algunas horas más tarde me desperté sobresaltada, pues en esos momentos sentí como escurría un liquido entre mis piernas. Al incorporarme alcanzé a ver que tenía una hemorragia importante así que, como pudimos, nos preparamos para irnos al hospital. Ahí, mi médico me explicó que tendría que realizar una cesárea de emergencia ya que tenía desprendimiento de placenta.

Tal como lo había presentido, ese día nacería mi bebe, solo que el escenario que se presentaba no era el que me había imaginado, estaba muy nerviosa y de lo que más recuerdo de esos momentos era que esperaba que mi mamá llegara pronto para que estuviera  conmigo, a pesar de que en ese entonces, vivíamos en ciudades diferentes.

Cuando entré al quirófano me anestesiaron, pero podía sentir como me abrían la piel y maniobraban mi cuerpo cuando de pronto sentí como me arrebataban a mi niño de mi vientre. Después de eso, voces, preguntas… Recuerdo que el médico me decía “espera un momento estamos esperando que llore… Espera… No, no llora… Se lo van a llevar para revisarlo y tú te vas a echar un sueñito…”. Me desvanecí.

Cuando desperté me explicaron que había sido necesario colocar una sonda, para ayudarlo a expulsar el líquido de sus pulmones, así que la primera vez que lo vi fue a través del cristal de la incubadora, con una sonda en su nariz de donde salía un líquido amarillento. Parecía que respiraba con mucha dificultad, y fue entonces cuando sentí pánico. Un frio invadió todo mi cuerpo y tuve que sentarme para no desvanecerme en ese momento.

Lloraba y lloraba sin control viendo a mi bebé ahí tan frágil y aunque no quería hacerlo, no podía evitar los pensamientos de que no lo lograría.

A los dos días del nacimiento de mi hijo fui dada de alta del hospital, pero mi niño no. Recuerdo que  el camino hacia mi casa con mis brazos vacíos fue tremendamente doloroso pero no tanto como  llegar a casa y entrar al cuarto que habíamos preparado para él. Ahí fue cuando conocí la tristeza infinita, no paraba de llorar.

Los siguientes días solo podía ver a mi bebé en los horarios de visita. Me extraía la leche en mi casa y la llevaba al hospital, pues no quería que le dieran fórmula, además de que los senos me dolían por tanta leche que tenía. Creo que esos días pude haber alimentado a todos los bebés del cunero.

Días después lo trasladaron a terapia intensiva por que presentó una infección, así que teníamos que entrar a verlo por pocos minutos con bata, gorro y cubre bocas. Recuerdo que la enfermera me decía que podía meter mi mano y tocarlo, pero yo no lo hacía. Temía que pudiera entrar algo, una bacteria un virus , yo que sé. Prefería hablarle a través del cristal, siempre con un nudo en la garganta. Así pasaron siete días cuando me avisaron que por fin sería dado de alta y me lo entregarían por la tarde.

Confieso que una parte de mi prefería que estuviera en el hospital, me dio miedo no poder cuidarlo adecuadamente. Una enfermera lo bañó, lo vistió, me lo puso en los brazos y me dijo que le diera de comer, pero yo no sabía ni como cargarlo. Recuerdo sus ojitos desconcertados que me miraban como diciendo ¿qué haces? Asi comenzó nuestra aventura juntos.

Los primeros meses no quería ni que le diera el aire. Era un bebé tan tranquilo, pocas veces lloraba y nada parecía alterarlo demasiado. A los cinco meses el pediatra me canalizó con un neurólogo ya que el desarrollo motriz no era el esperado para su edad, así que después de algunos estudios el diagnostico llegó: mi niño tenía una lesión cerebral de lado derecho , lo que dificultaría que el adquiriera ciertas habilidades.

Supongo que dijo muchas cosas, yo sólo recuerdo que me dijo: “tu querías un bebé, pues vas a tener un bebé por mucho  tiempo” . Así, vinieron los médicos, las terapias, los consejos, las culpas, el divorcio, los por qués, los remedios, las alternativas y recomendaciones, neurólogos, cardiólogos, neumólogos, genetistas, urólogos, gastroenterólogos, dermatólogos, endocrinólogos,  ortopedistas, estudios, salas de espera, consultas, salas de espera, y ahí en este proceso es cuando empiezas a aceptar y valorar tu realidad.

Empezé a enteder que mi hijo no estaba grave ni enfermo, mi hijo estaba siendo tratado y yo empezaba a entender su condición y aceptarla. Sí, tenía una discapacidad importante, sobre todo a nivel intelectual pero era un niño sano, no estaba al borde de la muerte ni tenía que estar conectado al oxígeno o a  otra máquina. En eso, las salas  de espera de los hospitales son muy aleccionadoras,  porque en verdad te confrontan y reflexionas en torno a lo afortunado que eres .

Hoy mi hijo tiene 17 años y sí, aún le gustan las canciones de cuna y que lo abraces y lo arrulles que cantes con él y bailes. Tengo que asistirlo en muchas cosas, pero él ya no es un bebé. Hemos pasado por muchas cosas juntos y hemos crecido y madurado. Reconstruimos nuestra familia, fui mamá por segunda vez y esta vez fue con muchas más fortalezas, con más seguridades que miedos.

No ha sido un proceso fácil pero tampoco difícil como muchos pensarán, solo ha sido, diferente como es él, como somos todos. No sé si sea correcto decirlo, pero creo que cada hijo es un reto distinto para ser mejores personas en un proceso que va de ida y vuelta, por eso envío una felicitación a todas las mamás que van aprendiendo en el camino y que hacen lo mejor que pueden sin pretender ser perfectas. Tampoco puedo dejar de pensar en mi mamá que sigue estando ahí para mí y que ha sido parte de la crianza de mis hijos .

Alguna vez escuché que la maternidad es una decisión de amor. De otra manera no puede concebirse.

Acerca del autor

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Cecilia Rodríguez

Estudió la licenciatura de Teatro en la ciudad de Xalapa, Veracruz. Formó parte de la Organización Teatral de la Universidad Veracruzana , así como de la Compañía de Teatro Infantil de la Secretaria de Cultura de Veracruz y en diversos grupos independientes. En 2002 se convirtió en mamá de Aldo dejando atrás los escenarios , y mudando su residencia a la Ciudad de México y después al Estado de México en busca de mejores servicios médicos y educativos para su hijo. Es docente desde 2004 y en 2006 nació su hija menor. Actualmente reside en el Estado de México.

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