Cada vez se habla más de un fenómeno que, a fuerza de repetirse, está dejando de ser emergencia para convertirse en parte de nuestra normalidad.
Se trata de las bandas delincuenciales de menores de edad, que en Europa y algunos países de América del Sur, también se les conoce como Baby Gang, pues son un fenómeno de microcriminalidad organizada que, generalmente se dan en contextos urbanos y aunque en realidad en cada país se les conoce de diferente manera, son manifestaciones que van en aumento por todo el mundo.
De hecho, hace no mucho tiempo, se dio a conocer un informe donde se hablaba que la Jihad entrena a más de mil 500 niños entre 9 y 15 años de edad en campos de la República Democrática del Congo, para convertirlos en soldados a algunos, y/o en esclavas sexuales a otras. Pero la utilización de niños dentro del crimen organizado es mucho más común de lo que se cree.
Lo mismo hace la Camorra napolitana, la Yakuza en Japón, la Mara Salvatrucha en El Salvador, y los diferentes cárteles del narcotráfico existentes desde Colombia hasta México.
Jurídicamente esto tiene una explicación sencilla, pues el hecho de que cada vez más menores estén involucrados en hechos delictivos funciona a los diferentes grupos criminales para aminorar las penas, pues en general, las leyes de todo el mundo están para proteger a los menores, no para castigarlos.
En el 2015, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos realizó el informe titulado “Violencia, niñez y crimen organizado” (http://www.oas.org/es/cidh/informes/pdfs/violencianinez2016.pdf), donde explica abundantemente sobre el estado de vulnerabilidad de niños y jóvenes americanos en contextos de inseguridad y violencia y donde no deja espacios para la duda: los menores de edad son utilizados para labores de inteligencia, vigilancia, producción, traslado y venta de droga, sicariato, extorsión, robo, secuestro y explotación sexual, entre otros horrores.
Guardando las proporciones pero no por ello menos grave, ni tan alejados de esta situación, en la Ciudad de México, hace unas semanas se dio a conocer el caso de “Los Diablitos”, una banda de niños entre 13 y 14 años que se dedican a asaltar a automovilistas en la zona del Periférico a punta de gritos, amenazas, groserías, acompañados en ocasiones de armas.
Como suele suceder en estos casos, hubo voces que no tardaron en alzarse para pedir que las leyes cambien y sean más severas con estos “pequeños delincuentes”, sobre todo porque los mismos padres de “Los Diablitos”, ven estos actos como simples travesuras. Así lo han declarado. (https://www.huffingtonpost.com.mx/2018/09/06/los-diablitos-no-son-asaltantes-solo-andan-de-traviesos-dicen-sus-papas_a_23519199/).
Hago referencia también a este caso, porque apenas unos días atrás me invitaron Casal di Principe (Nápoles) para hablar sobre el problema de los periodistas asesinados en México.
Para quienes no sepan, Casal di Principe no es un territorio fácil. Ahí han surgido importantes grupos camorrísticos, quienes en los últimos años han adquirido fama por el tráfico internacional de droga, pero también ahí y en toda la provincia de Nápoles, el fenómeno de las Baby Gang, se ha ido arraigando con mucha mayor fuerza a lo largo de los años.
Antes de mi participación, hubo una mesa para tratar, justo este tema donde los invitados (un magistrado, un vicealcalde, y la presidenta del Tribunal de Menores de Nápoles) hablaron sobre las muchas razones que existen para no disminuir la edad penal y que los niños continúen a ser inimputables.
En gran parte del mundo, incluido México, hasta los 12 años, los niños no pueden ser castigados judicialmente, es decir, no pueden ser detenidos, no pueden ser juzgados, no pueden ser encarcelados, hagan lo que hagan.
Sería obvio, al menos deseable, que nadie en ninguna sociedad tuviera que observar cómo se deteriora el tejido social para atestiguar que también los niños menores de 12 años se van convirtiendo en delincuentes. Sin embargo, ocurre.
En lugares de Nápoles, que durante años fueron abandonados por el Estado, han sido muchas veces las escuelas las únicas instituciones que cuidan de los niños. ¿Cómo? Controlando que no falten, avisando a las familias, procurando actividades que los involucren siempre en una vida sana, sobre todo que también, muchas veces, los niños nacen en familias desintegradas, con antecedentes delictivos, donde los pequeños se convierten en parte del problema o, simplemente, en víctimas.
Hoy en este territorio, no sólo las escuelas han entendido su rol fundamental, también las iglesias y muchas asociaciones que trabajan para darles a los niños y jóvenes espacios donde recuperar lo que por años se ha ido rompiendo en el tejido social por la soledad, la violencia, la ausencia de valores, pero aún más importante, que les ayudan a entender que su futuro no está ni debe estar condicionado a un universo criminal.
Volteo los ojos a México y sé que existen también muchas iniciativas importantes en algunas ciudades de la República. Conocí ejemplos en Ciudad Juárez y en Ciudad de México, pero me sigue pareciendo mínimo confrontado con la enorme realidad de la que se vive actualmente y donde las noticias de los menores delincuentes se están normalizando, como ocurrió en Nápoles.
El caso de Miguel Angel Mancera como último Jefe de Gobierno de la Ciudad de México es tristísimo no sólo porque su periodo estuvo manchado de corrupción, sino porque siendo abogado, para él fue más fácil (y mucho más lucrativo) dar el salto como empresario, que poder convertirse no sólo en un verdadero guardián de las leyes, sino en un impulsor de éstas para involucrar a más sectores.
Ahí quedarán para la historia todos los reportes e investigaciones periodísticas al respecto. Una ocasión más perdida de nuestros gobernantes quienes abandonan su puesto con una gran deuda para la sociedad.
Cuando yo y mis hermanos éramos chicos, mi papá nos decía mucho esta frase de Jesús Reyes Heroles cuando en casa se discutía sobre los costos de las colegiaturas, de los materiales, de la vida en general, pues las crisis, como a muchos, tampoco nos faltaron : “Cuesta mucho educar a un hombre, pero cuesta mucho más no educarlo”.
Hoy yo agregaría que, ante la situación que se vive, como sociedad nos cuesta mucho vigilar a nuestros niños, pero nos cuesta mucho más no hacerlo.
@cynthiaitalia


Dejar un comentario