Mamás en cuarentena

La preocupación por los hijos, sean chicos o grandes

Frente a la pérdida… dominar al miedo

Hace casi cinco años que la peque de la casa dejó la adolescencia para convertirse en adulta. La única etapa de encierro en casa que hemos compartido  en sus más de 22 años de vida, fue tras su nacimiento, en el periodo de lactancia, aunque no nos sujetamos al aislamiento total.

Entonces, fueron seis meses de convivencia estrecha entre ella, bebé, y yo, su madre primeriza, gracias a un permiso especial otorgado por la empresa para la que trabajaba.

Ahora  la pandemia que sacude al mundo entero y la protección de su padre nos lleva a estar  guardadas de nuevo en casa, compartiendo el espacio vital las 24 horas cuando ambas somos adultas. Ella, una tesista universitaria en la carrera de antropología social; yo, una mujer a punto de arribar al sexto piso, en una etapa de periodista independiente.

El aislamiento lo iniciamos dando la batalla a las alergias estacionales, así que al decretarse la cuarentena de la Jornada Nacional de Sana Distancia sólo dimos continuidad al encierro en aras de la salud.

Con el home office, a las dos  se sumó un tercero.  Tres adultos esforzándonos en compatibilizar dinámicas, horarios, hábitos de trabajo y de estudio distintos;  en mentalizar una pausa, aislados de familia y amigos, en una casa –para fortuna nuestra- con la amplitud necesaria para no sucumbir a un empacho de vida familiar.

Para los tres, el hogar pasó de ser casa/estación (punto de partida y de llegada en distintos momentos del día) a casa/refugio; un refugio en el que todos nos esforzamos por conservar el equilibrio emocional y por no darle importancia a las manías, aprehensiones y hasta malos humores derivados del encierro físico.

Como una familia de tantas (Alejandro Galindo dixit), consciente del privilegio –de una minoría- de poder guardar la cuarentena en casa, asumimos la nueva cotidianidad imaginando estar de vacaciones. Pronto la realidad se impuso, cuando los trastes sucios empezaron a acumularse mañana, tarde y noche; la casa entera exigió limpieza y un poco de orden; y el bote de la ropa sucia amenazaba con desbordarse, y ninguno estaba en ánimo de interrumpir el trabajo frente a la computadora, el curso en línea, la lectura en marcha, para dedicarse a la talacha.

Con el transcurso de las semanas la sensación es que los días corren cada vez más lento y sin embargo, el tiempo no alcanza. Los sin horarios hacen que la dinámica familiar esté totalmente alterada; no hay hora de acostarse ni de levantarse; apenas termina el desayuno, llega la hora de la comida.

Al tiempo que el  Quédate en casa se prolonga los ánimos van a la baja;  el paso de la alegría a la tristeza,  del miedo a la angustia, se aborda con dosis de comprensión.  En conversación madre-hija cuento las noches de insomnio y los momentos de ansiedad frente a la computadora exigiéndome retomar los textos y proyectos inacabados. Mariana responde con empatía “má, para todos está siendo muy difícil la situación  y cada uno está tratando de  resolverlo de la mejor manera; tranquila, no te preocupes”.

Revisar los álbumes fotográficos y la galería del celular se ha convertido en el acto reflejo que nos salva de la melancolía. Volvemos a las imágenes de las visitas al estadio de beisbol, de las reuniones y fiestas familiares y por supuesto,  del último día fuera de casa,  aquel simbólico domingo 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, cuando después del concierto ““Kubrick Sinfónico Reloaded”, en el que la Orquesta Sinfónica Nacional interpretó temas musicales de la obra cinematográfica del cineasta estadunidense Stanley Kubrick,  madre e hija abandonamos a toda prisa el Palacio de Bellas Artes –amurallado con estructuras metálicas- para sumarnos a la marcha del #8M en contra del machismo y la violencia feminicida.

Nos aferramos a esos recuerdos y al deseo de retornar a nuestras habituales caminatas, paseos, idas a museos, a las visitas a los mercados y restaurantes sin temor al contagio del virus letal. Una mañana,  durante el desayuno,  platico de mi nueva afición:  a falta de ventana hacia la calle, hay días que  utilizo la cámara de seguridad colocada por la Alcaldía en la fachada principal, para asomarme al exterior y  ver pasar los autos y a las personas.  No eres la única, dice Mariana, y echamos a reír.

Cada uno de los tres ha ido generado su propio ritmo. Aunque se procura el respeto por las rutinas y  el espacio personal, y por  los momentos de soledad y de silencio tan necesarios,  el detector integrado a mi naturaleza de madre se activa en cuanto observo a mi hija en silencio, pensativa. ¿Cómo te sientes? ¿Estás triste? ¿Te angustia algo? Pregunto. Reflexiono en que la preocupación por los hijos, sean chicos o grandes, siempre está presente, sólo que cuando son adultos, se expresa menos y permanece agazapada en nuestro interior.

En una de tantas sobremesas  en que comentamos las noticias y los últimos informes de la situación de la pandemia en México, Mariana reconoce sentirse abrumada y se refiere a lo difícil que resulta tener padres periodistas en una situación como la actual, pues aunque  procura limitar ver y leer lo que se dice del Coronavirus, “en casa todo el tiempo es oír y comentar noticias; de verdad  no hay forma de evitarlo. ¿De qué hablarán en una familia de contadores?”

En la conversación y la convivencia cotidiana, hemos descubierto que no hay mejor actitud que aguante en un momento de crisis como el actual, cuando las emociones están a flor de piel y se vive una  lucha interna por nuestra naturaleza social y la exigencia de continuar el aislamiento para conservar la salud y hasta la vida.

Mariana sabe que no hay exageración en ello. En mayo pasado  el Coronavirus  cobró la vida de uno de los nuestros, el  primo Carlos Dojaquez, su padrino de bautizo. Sólo alguien que ha vivido una situación similar, de un ser querido que ingresa al hospital para ser intubado, permanecer en coma inducido y morir porque su organismo es vencido por el virus, sabe cuan desolada y con el corazón roto deja a toda la familia.

Frente a la pérdida y a lo que ocurre en el país y en el mundo entero  no ha sido fácil dominar el miedo y  recuperar la confianza. Nos mueve el amor y la convicción de que el bienestar de uno es el de los demás y de que construir nuestra propia fortaleza es lo único que nos permitirá enfrentar los retos por venir.

Acerca del autor

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María Elena Matadamas

Con más de 30 años de trayectoria como periodista especializada en temas de cultura. Fue editora de la Sección Cultural del periódico El Universal. Autora del libro “La historia extraviada. Arqueología mexicana en el umbral del siglo XX”, publicado en la colección de Periodismo Cultural de Conaculta (hoy Secretaría de Cultura).

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