Papás en Cuarentena

18 kilos en las cervicales

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Escrito por Yaotzin Botello

Y nuestras vidas congeladas sin dejar de trabajar

BERLÍN.- Mi hija acaba de cumplir tres años de edad. En marzo estaba dejando los pañales, comenzaba a tomar más seguridad para correr, brincar y trepar juegos. Cada vez lograba más su independencia de los brazos de papá y mamá y nos mostraba como quería abrirse camino en el mundo. También acababa de entrar en su nueva guardería. Era la más chica de su grupo y aunque parecía que podría costarle trabajo integrarse, se adaptó rápido. Y fue justo en ese momento que nos llegó la cuarentena del coronavirus a Berlín. El cielo se llenó de nubes oscuras.

Lo recuerdo muy bien: era el viernes 13 de marzo, ¡por fin un verdadero viernes 13! Ese día la Bundesliga anunció que suspendía los partidos de la primera liga de futbol en Alemania y las compras de pánico empujaban al DAX por la borda, nuestro índice bursátil. Los rumores entre periodistas eran que en cualquier momento se anunciaba un confinamiento en el país.

Nuestra hija se había enfermado y, para la época, cualquier caso de resfriado era muy sospechoso. Así que decidimos dejarla en casa para evitar sobre todo la expansión del pánico. Solo que de cumplirse los rumores del confinamiento, la niña ya no regresaría a la guardería, toda una lástima pues apenas llevaba cinco semanas ahí.

El 14 de marzo, el Ministerio de Salud desmintió todos los rumores de un posible confinamiento, pero dos días después, el 16, se desmintió el desmentido y se jaló el freno de mano. Nuestras vidas quedaron congeladas. El 18 la canciller Angela Merkel nos dijo a todos por la tele “esto es serio; tómenselo en serio ustedes también (…) Desde la reunificación de Alemania, o mejor dicho, desde la Segunda Guerra Mundial, nuestro país no ha afrontado un desafío que dependa tanto de nuestra solidaridad colectiva”.

So-li-da-ri-dad, un concepto que no escuchaba desde el gobierno de Salinas. Merkel podría haber aprovechado la palabra para hacer una buena campaña política por el enorme gasto público que destinaría a la lucha contra el coronavirus, pero esto era más serio y además ella ya se retira de la política. Ningún político mexicano entendería esto.

Nuestras vidas estaban congeladas, sí, pero solo la social, la profesional no. Yo trabajo en una emisora internacional y la televisión no se podía quedar en negros. Mi novia -y mamá de mi hija- también tenía que cumplir con sus labores. Trabajos de tiempo completo ambos. Y mientras tanto, la niña seguía corriendo y brincando lo que podía en casa. De confinamiento y solidaridad ella no entendía nada. Poco a poco se dio cuenta de un cambio. De repente papá y mamá estaban todo el día con ella. No tenía que vestirse ni salir corriendo hacia la guardería. Había helado a cualquier hora del día -las heladerías eran unos de los pocos negocios que seguían abiertos-. Lo que no había era juegos en el parque. Estaban clausurados. Tenían cinta de seguridad, como la que la policía usa en las escenas de crimen, y así se lo tuvimos que explicar a la niña: ahí ronda un virus que mata a las personas. “Cinta de seguridad”, “Absperrband”… por lo menos su vocabulario en ambos idiomas estaba aumentando.

A mi novia la mandaron a hacer teletrabajo inmediatamente, yo todavía tenía que ir a la oficina. El confinamiento en Alemania no fue tan severo como lo que veníamos viendo de Italia y España, con restricciones completas para salir sin razón y multas de por medio. En Alemania se podían hacer cosas básicas para la salud del alma y del cuerpo, como salir a caminar o hacer ejercicio en solitario. Se definió que había unas profesiones esenciales para la vida diaria, como médicos, enfermeros, policías, bomberos y periodistas, entre otros.

Yo podía estar en la oficina. Yo podía salir y hacer lo que muchos no. Mi empresa también nos dio un bono para cuidados extra de quienes tuviéramos hijos. Así que de repente yo tenía una profesión esencial para el país, tenía que estar en la oficina y mi bono servía para pagar a una niñera. Sentí una incómoda importancia, pero sobre todo una incómoda libertad: me había convertido en el proveedor para la familia y no tenía que encargarme de la niña. 

Momento. ¿Un papá que deja de serlo por trabajar tradicionalmente? Eso detonó una alarma de color rojo: ¿podía encargarse mi novia de nuestra hija por el hecho de trabajar desde casa? ¿debía hacerlo?

Mi novia hacía teletrabajo, sí, pero eso no implicaba que tuviera que encargarse de las labores del hogar. Trabajar en la computadora desde la cocina no te da la obligación de lavar los trastes. Por ahí queda la duda de si mientras trabajas y te haces una ensalada de verduras, y te cortas, es accidente laboral o no, pero eso ya es otro tema. Así que pronto mi novia me empezó a decir “tengo junta (por videoconferencia) a las 10, luego a las 12 y luego de 16 a 18 hrs., ¿quien se encarga de la niña?”

Efectivamente: ¿quién demonios se encarga de la niña?

Mi profesión había sido catalogada como esencial, pero eso no significaba que mi trabajo fuera el único esencial en la casa. Tampoco el único que hiciera con placer su trabajo. Y se necesitaban los dos para pagar renta y víveres. ¿Por qué mi novia tenía que ser más mamá, que yo papá? 

Acordamos con la niñera que viniera diario a la casa. Ella es una estudiante mexicana que se había quedado sin clases y sin el trabajo de medio tiempo que tenía, así que tenía tiempo. Fue un pequeño momento de lujo para ella. Nosotros normalmente la contratamos una vez cada dos semanas, sino es que cada tres. Nos cobra 11 euros por hora, unos 290 pesos, el promedio de lo que normalmente se gana por ese trabajo. Pero no podíamos contratarla por más de 4 horas al día, simplemente no tenemos el dinero. Al final fueron casi tres semanas que estuvo con nosotros, que pagamos con el bono del trabajo. Para más no nos alcanzaba. Pero cada uno de nosotros tenía que seguir trabajando entre 8 y 10 horas al día. Así que el resto de cada día de cuarentena era un malabarismo digno del mejor Cirque du Soleil.

En casa, a veces ambos teníamos que hacer trabajo al mismo tiempo. Queríamos evitar con todo sentar a la niña frente a alguna pantalla a ver videos. La estrategia era encaminarla a jugar en algo, y pronto sentarse a la computadora a seguir escribiendo. Después regresar de cuando en cuando para hacer acto de presencia. Si uno se ausentaba mucho, la niña de repente aparecía debajo de la mesa y su mano asomaba para apretar teclas de la computadora al azar. En el peor de los casos, se trepaba a los hombros de uno como si estuviera escalando el Everest hasta que sus 18 kilos de peso impedían cualquier otra actividad. 

Y entonces es cuando Peppa la Cerda, Winnie Puh y Kiss (sí, la banda de rock) aparecían en pantalla.

No todo fue pesar durante los días de pandemia. En Berlín tuvimos un clima preveraniego y cada fin de semana salimos a pasear al bosque. La niña aprendió a jugar frisbee y a hacer pícnics. De repente no tener ningún compromiso social y haber cancelado todos nuestros viajes privados y de trabajo, trajeron una nueva dinámica familiar. Nuestros jefes también fueron comprensivos y comenzaron a invertir en tecnologías para facilitar el trabajo desde casa. A veces había que hacer cosas de trabajo a la medianoche o muy temprano en la mañana, pero a cambio ya habíamos hecho cuatro o cinco largas pausas durante el día, y ya habíamos convivido más en familia. Eso sí, este nuevo ritmo de vida implicaba una mayor destreza organizacional.

Para la gente que no podía trabajar o que no ganaba bien con lo que hacían, el gobierno anunció -apenas dos semanas pasadas del confinamiento- ayudas financieras que iban desde los 5 mil hasta los 15 mil euros, entre 130 mil y 390 mil pesos, así namás, de un día para otro en la cuenta de banco. El confinamiento adquirió una forma de vacaciones pagadas forzadas. De esto todavía no se habla, pero la deuda que esto implica, se pagará, la pagaremos, a más de 30 años.

La vida se reinventó. Muchos restaurantes comenzaron a transformar sus menúes para llevar. Algunos sacamos al chef de dentro y cada día nos retábamos cocinando nuevas recetas en casa. Las casas eran una mezcla de cocina de concurso, escuelita, trabajo y diversión. La distancia física no significó una distancia social del todo. Las pequeñas tiendas sacaron garra y se pusieron al nivel de grandes como Amazon para seguir vendiendo cosas. Los contagios y las muertes por coronavirus en Alemania fueron bajando, y poco a poco recobramos la otrora ansiada libertad.

Pero… ¿de verdad dejamos de ser libres? ¿qué lecciones sacamos de todo esto? ¿viviremos y trabajaremos de otra forma? Al momento en que cierro este texto, se cumplen exactamente 5 meses del inicio del confinamiento en Alemania, y se cumplen escuchando noticias similares a las de aquel viernes 13: cuarentenas para viajeros, restricciones para viajar a algunos países, aumentos explosivos en casos de infección. No hemos aprendido a vivir con el virus y, por lo menos en Alemania, parece que vamos en camino a una segunda ola masiva de casos y lo que resulte.

La solidaridad no cuaja y esos 18 kilos se sienten ya como 20.

Acerca del autor

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Yaotzin Botello

Periodista mexicano radicado en Berlín desde el 2004. Comenzó como corresponsal del Reforma y colaborando para varios otros medios. Ahora trabaja desde hace 9 años para la televisora internacional alemana Deutsche Welle.

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