Consumir sal, azúcar y grasas saturadas, en exceso, deteriora la salud.
Pareciera fácil de entender, de evitar, de llevar a proteger a los niños y las niñas en un país en el que los casos de enfermedades crónico degenerativas, como Diabetes e Hipertensión, se suman por miles entre los mexicanos y les lleva, en muchos casos, a la muerte.
Y es que, como documentó recientemente Salud Primero, de acuerdo con datos oficiales, ésta es la primera generación en México con una menor esperanza de vida y hoy uno de cada dos niños en el país tiene riesgo de padecer diabetes, sin necesidad de llegar a la edad adulta.
Es en este escenario, que especialistas advierten y alertan sobre la urgencia de impulsar políticas públicas que limiten el ambiente obesogénico: Que aleje la comida chatarra de los niños en las escuelas, que exija un etiquetado claro sobre el nivel de calorías, sal y azúcares en los productos alimenticios y ponga freno a una industria voraz, a la que poco importa la salud de sus consumidores.
Lograrlo parece imposible, pero no lo es, y Chile es un claro ejemplo en Latinoamérica de cómo, con voluntad política, se pueden dar pasos firmes en prevención. El principio: hacer más fácil el consumo de comida saludable.
“Nuestra política lleva dos años implementada y es una ley que es un paquete de tres medidas: Identifica alimentos altos en nutrientes críticos, energía, grasas saturadas, azúcares o sodio; se ponen límites que indican qué alimento y en qué medida se ubica como no saludable, generador de obesidad y otras enfermedades no transmisibles; se prohíbe su venta en colegios, y se sancionan los ganchos comerciales dirigidos directamente a niños”. Así, El Tigre Toño, salió del empaque y los huevos Kínder del mercado.
Así explica Marcela Reyes, médica magister, Doctora en Nutrición y académica del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos de la Universidad de Chile, la entrada en operación de la Ley de Etiquetado de Alimentos, que prohíbe tener personajes animados, juguetes o juegos interactivos en productos alimenticios para niños, y que no pueden ser ofrecidos a menores para degustación en supermercados.
“En Chile entendimos que, sin dejar de lado medidas individuales y familiares, hay que tomar medidas estructurales, reduciendo la presencia de comida chatarra o alta en azúcares y sodio, ¿cómo? haciendo que no esté en los colegios, que no tenga un gancho especial para niños, y que, si te lo encuentras en el supermercado, al menos haya un símbolo que te mande el mensaje de: si puedes, evítalo”.
Pero lograr esto no ha sido fácil, pues aplicar medidas que favorecen la salud de los chilenos, ha llevado al país a resistir el embate de empresas transnacionales, y el ejemplo claro es la italiana Ferrero, que ante la salida del mercado de su producto Kinder Sorpresa, el chocolate en forma de huevo que contiene un juguete en su interior, anunció de inmediato que tomaría medidas jurídicas dentro y fuera del país.
Ferrero -que está detrás de productos como Nutella, chocolates Rocher y dulces Tic Tac- dijo que se estaba afectando la reputación de uno de sus productos “más populares, y de más alta calidad”. Autoridades chilenas respondieron entonces que “si una empresa cree que tiene que recurrir a los tribunales, está en su perfecto derecho, pero no variará nuestra posición de aplicar la ley”.
La salida del mercado de los Kinder Sorpresa ocasionó hasta amenazas de la empresa trasnacional. En su momento fue retomado por los medios chilenos.
A diferencia del intento de etiquetados en México, que confunden y ocultan información al consumidor y que, según ha señalado la asociación civil El Poder del Consumidor, se basa en las Guías Diarias de Alimentación (GDA) impulsadas por la propia industria de alimentos, y no por un grupo de expertos libre de conflictos de interés, en Chile el etiquetado “Pare”, marca claramente en los envases que se trata de un producto alto en calorías o en azucares; es un logo muy fácil de entender, diseñado para que no haya que interpretar nada, ni sacar ningún tipo de cálculo.
“Así es muy fácil saber y comparar productos para elegir la opción más sana. Está claro que tanto Chile como México han tratado en diversos círculos de enseñar a su población cómo comer mejor; se ha explicado que la obesidad es un problema de salud pública; que la sal, el azúcar no son tan buenos, que hay que hacer ejercicio, comer por porciones, pero todo esto es infructuoso porque somos conscientes, pero tomar la decisión de comer mejor en un contexto en el que tengo más disponible y barata la comida que no me hace bien, es muy difícil”, asegura Marcela Reyes.
“Hay muchas razones de peso para tenerle miedo al sobrepeso y la obesidad. Cuando los niños tienen exceso de peso muy probablemente serán adultos obesos, con todo el problema cardiovascular asociado, pero además, estudios recientes han comprobado que afecta a la concentración y la memoria, que hay trastornos cognitivos asociados al exceso de peso, a las dietas altas en grasa y en azúcares; entonces ya no es solo que tal vez en 30 años más les dará un infarto, sino que además los niños rinden menos en la escuela; ya no es la desnutrición solo la que impide desarrollar la inteligencia a nivel individual, lo mismo pasa ahora a nivel de la obesidad y eso es impactante como mensaje”.
Sobre cómo ha cambiado nuestra alimentación a partir de los años 80, cuando inicia el boom de la comida chatarra, Marcela Reyes, invita a hacer un ejercicio simple, pero revelador de los cambios de alimentación asociados a los nuevos estilos de vida, aprovechados certeramente por la industria de alimentos procesados:
“La transición nutricional se puede ver en una misma familia: Preguntemos al abuelo qué desayunaba de niño, luego preguntemos al papá, y al final revisemos ¿qué está desayunando el niño? En tres generaciones se puede ver cómo se ha perdido la tradición de nuestra cultura alimentaria, cómo ha aumentado el consumo de refresco y cómo el ambiente se contaminó con abundante comida rápida. Hemos pasado de las dietas tradicionales a la inmediatez; dejamos de cocinar, entre otras cosas sí por la entrada a la fuerza de trabajo de la mujer, por la dificultad del tiempo, pero hay que valorar comer bien, si una o dos veces a la semana picamos verdura y fruta, que podemos conservar en el refrigerador, cuando abramos éste, vamos a consumir lo que hay, y se nos quitarán las ganas de ir a la tienda”.
“Por la salud, por la cultura, por una manera de preservar tradiciones familiares, hay muchas buenas razones para enfrentar el problema de mala alimentación también a nivel individual y familiar. Por un lado es educar, pero a nivel estructural hay que facilitar las opciones saludables, que al que le interese lo logre de manera más fácil, porque comer saludable en este ambiente obesogénico es una dificultad”.
La especialista, que participa en el encuentro de la Sociedad Latinoamericana de Nutrición, que arrancó este domingo 11, en la ciudad de Guadalajara, destaca también que un cambio en la exigencia de qué comemos, hará que los productores lleguen más rápido a los consumidores, que haya menos intermediarios, que los alimentos no se echen a perder antes de llegar a su destino de venta, que lleguen más frescos al consumidor.
Y, muy importante: “El poder de las transnacionales se pone a prueba con este tipo de política pero, a pesar de las amenazas de la industria, la economía ni se viene abajo, ni aumenta el desempleo; habrá que esperar unos años para ver los resultados en Chile, pero tenemos elementos para augurar una política de éxito en beneficio de la salud de la población”.
