Hace unos días reflexionaba – a propósito del día de muertos – sobre aquello que nos une a los seres humanos desde el inicio de los tiempos, la temida muerte, y de cómo hemos ido construyendo un laberinto cada vez más rebuscado para postergarla, con bastante éxito por cierto.
Existen diversas formas para transitar dentro de él; algunas permiten continuar disfrutando de cuánto a cada quien da sentido y motiva, pero otras y no pocas por desgracia, hacen caer al hombre en trampas que le obligan a atravesar caminos sinuosos plagados de sufrimiento físico, emocional y espiritual.
Ante esto no puedo más que preguntarme porqué oponemos tal resistencia para acudir al encuentro que inevitablemente tendrá lugar y que, desde mi perspectiva, equivale al acto final de una puesta en escena.
¿Cómo podría ser de otra manera? ¿Qué sentido podría tener vivir eternamente? ¿Qué pasaría si todos viviéramos cien o más años? Hoy mismo se están invirtiendo grandes sumas de dinero en busca de la inmortalidad, mientras que en muchos lugares en el mundo la pobreza crece y el hambre continúa causando estragos.
Estoy convencida que la muerte jamás será nuestra amiga, pero tal vez sería mejor pensarla menos para poder vivir intensamente en el presente, reconciliándonos con nuestra historia de vida e intentar ser cada día nuestra mejor versión, aceptando que no importa cuán largo sea el camino que andemos dentro del laberinto porque al final, para salir de él solo existe una salida.
Escribo esto, quizás, por la necesidad de responderme, de afanarme en lograr cierto grado de congruencia que me permita entender de una vez por todas que la forma más cierta de permanencia y trascendencia es la impronta indeleble que cada día intento imprimir en este tiempo que me ha tocado vivir, para que cuando llegue la hora de mi encuentro con ella, la temida muerte, no trate de ahuyentarla con artificios y sea capaz de despedirme amorosamente de todo lo que hoy disfruto con pasión y agradecida pueda estar presente de manera consciente durante el acto final de esta, mi obra, que habré de rubricar, sin importar cuántas erratas hayan dejado su marca.
Así es la vida; así, la libertad y su concurrente responsabilidad.
@GTarditi
