Este año cumpliré doce años de vivir en Italia y una de las historias más fuertes que he conocido en este país y que me han impactado más fue la de Stefano Cucchi.
La historia es tremenda por muchas cuestiones que trataré de explicar y resumir en estas líneas, pero encuentro tremendo también mis primeras reacciones, que subrayo, eran de una mexicana con poco tiempo de vivir en otro país y acostumbrada a ver cómo en México se criminaliza siempre a las víctimas.
Los hechos de hace exactamente nueve años en Roma del caso Stefano Cucchi fueron estos:
En la noche entre el 15 y 16 de octubre del 2009, un joven de 31 años con problemas de adicción fue arrestado con pequeñas dosis de droga, que tiempo después, se supo era cocaína y un poco de mariguana.
Después de esa noche, Stefano no regresó nunca más a su casa donde vivía junto a sus padres y su hermana, mismos que al no tener noticias de él y conociendo sus antecedentes, comenzaron desesperadamente a buscarlo. Primero en hospitales y luego en estaciones de policía, donde finalmente lo encontraron aunque nunca les permitieron verlo. Sólo les dijeron que podían estar tranquilos. Así, sin más.
Fue hasta las 12:30 del 22 de octubre del 2009, es decir, casi siete días después, cuando la madre de Stefano recibe una llamada del ministerio público informándole que a su hijo le practicarán la autopsia. Increíble e irremediablemente, Stefano estaba ya muerto.
Recuerdo que como reportera comencé a leer sobre el caso, que muy pronto acaparó espacios gracias al escándalo que hizo desde el principio su hermana Ilaria.
Su figura, menuda y pequeña, contrastaba con las enormes fotografías que había decicido dar a conocer a la opinión pública con el rostro de su hermano ya sin vida, pero todo moreteado, acabado a golpes, visiblemente demacrado y una expresión de sufrimiento que lo acompañó hasta el último día de su vida.
Yo pasaba de sorpresa en sorpresa. Primero, como todos, angustiada de ver las imágenes de este muchacho al que, obviamente, había un sector que lo criminalizaba por el hecho de asumir drogas.
Aquí también, como en México, hubo quien, desde los medios, comenzaron a cuestionar cosas como en qué estaba metido Stefano, qué drogas asumía, si era un pequeño traficante, si él también contribuía a envenenar a otros jóvenes, y cosas por el estilo que resumían el “por algo le pasó lo que le pasó”, del que tantas veces hemos escuchado decir de nuestras víctimas en México.
Recuerdo que más allá de las fotos, y enfatizo nuevamente que quizá mi sorpresa se debía al hecho de ser mexicana, fue enterarme que no sólo la familia había comenzado a pedir justicia.
A los pocos días de la muerte de Stefano, casi de inmediato, hubo marchas en Roma de gente que se solidarizó con la familia Cucchi a pesar de saber todos los antecedentes de Stefano.
La exigencia desde el principio fue conocer la verdad sobre su muerte porque los hechos eran claros: Stefano había muerto, gravemente golpeado y torturado (tenía dos vertebras rotas y todo el cuerpo moreteado), dentro de las instalaciones de la policía, para ser más exactos a manos de los carabineros. Un crimen de Estado que durante nueve larguísimos años las autoridades no habían querido reconocer ni aceptar.
Las marchas y la solidaridad de tantas personas fue lo que a mí en lo personal me desarmaron. Simplemente, y otra vez lo digo porque en ese tiempo todavía no eran tan visibles todos estos movimientos de familiares de desaparecidos, de gente asesinada, de víctimas en general en México, pero esas manifestaciones romanas hicieron que yo comenzara a reflexionar de diferente manera sobre el papel de la sociedad respecto a la criminalización de las víctimas.
El 11 de octubre de 2018 quedará tatuado en la memoria de la familia Cuchi y creo que en la de la historia italiana, porque finalmente se acomodaron las piezas.
El carabinero de nombre Francesco Tedesco confesó finalmente haber visto a sus compañeros , también carabineros, masacrar a Stefano a golpes aquellas noches de octubre de 2009.
Ilaria, quien en Italia hoy es símbolo de resistencia, pero sobretodo de haber demostrado un amor infinito al hermano, escribió ayer en su muro de Facebook:
“Pida perdón quien nos ha ofendido todos estos años. Pídanos perdón quien en todos estos años ha afirmado que Stefano murió por él mismo, porque se había caído. Pídanos perdón quien nos ha denunciado. Estoy leyendo, con lágrimas en los ojos, lo que le hicieron a mi hermano. No sé decir más. Quien ha hecho carrera política ofendiéndonos se deve avergonzar. El Estado nos debe pedir disculpas. Debe pedir perdón a la familia Cucchi”.
Por fortuna, esta historia no termina aquí. Ilaria y su fuerza, ha ocasionado reunir más victimas que siguen pidiendo justicia.
Un año después de la muerte de Stefano, Ilaria escribió un libro sobre la historia de su hermano titulado “Quisiera decirte que no estabas solo”, creo que como catarsis de este dolor de hermana al sospechar cómo había terminado sus días su eterno compañero.
Hoy el caso que el Estado italiano intentó callar durante mucho tiempo, se puede conocer también gracias a una película SULLA MIA PELLE, considerada también documental, que habla sobre este tremendo caso y que se presentó en el último festival de Venezia.
Otra lección de que el dolor se puede transformar en otras muchas cosas para seguir buscando la justicia.
